ARTÍCULO | ¿Por qué escribo?


La pasión por nuestro trabajo es una de las tantas cosas que la mayoría de los escritores tencemos en común. Una vez que elegimos tomar este camino nos preparamos para dar lo mejor en nuestras historias: investigamos, estudiamos, planificamos, pasamos horas frente al computador y luego, cuando llegamos al final del viaje, intentamos pulir nuestra obra hasta hacerla brillar. Ese es nuestro trabajo, y es una labor de amor. Un amor que es puesto a prueba libro tras libro, pero allí seguimos a pesar de las dificultades.

Pero... ¿por qué lo hacemos?

Aquí es donde nuestras historias empiezan a variar. Cada quien tiene un inicio distinto, un motivo distinto. Voy a compartirles el mío con la ilusión de que encuentren en estas líneas un poco de ánimo para iniciar sus propios caminos (o seguir si están considerando tirar la toalla).

Uno de mis primeros recuerdos como niña es estar parada frente a una enorme biblioteca (no era tan grande, aunque lo parecía entonces). Habia muchos colores allí, y de vez en cuando le pedía a mi hermanito hacer de escalera para poder curiosear algún libro que no pudiera alcanzar. No creo que pudiera leer mucho, pero me atraían las fotos y los dibujos.

Entonces aprendí a leer y mi papá empezó a poner más atención a mis "excursiones" en si biblioteca.

Siempre he sido extremadamente curiosa. Suma eso a una inclinación natural para desafiar las reglas. Ahora tienes una idea de qué clase de niña fui. Así que, cada vez que papá decía "ese libro no es para niños pequeños" se encendía una especie de motor que me impulsaba a investigar 'por qué'. Así descubrí a Julio Verne y otro montón de autores, aunque no entendiera completamente lo que decían yo debía explorar. Era natural para mí. Y cuando empecé a entender las historias, y quedar inconforme con ellas, mi imaginación creaba alternativas que para mi mente infantil eran mejores.

Yo le contaba esas historias a papá, que a este punto ya estaba acostumbrado a mis travesuras, y él escuchaba con paciencia. Luego contaba historias también. Historias que yo no había leído y que eran mágicas. Esa fue nuestra tradición por más de veinte años hasta que falleció. 

Pero no solo leímos juntos, también vimos películas y series (y el mismo proceso de crear alternativas si no nos gustaba el original se repetía). La Reportera del Crimen estaba en nuestra lista, y viendo a Jessica Fletcher hacer lo suyo me inspiró a decirle a papá que quería un trabajo así. 

Esa idea me duró hasta la adolescencia, cuando ser periodista/reportera en mi país era casi como perseguir una misión suicida y mis padres se dieron cuenta de lo peligroso que sería dejarme perseguir ese sueño. Yo soy terca, ya les dije eso, así que pueden imaginar que no fueron años fáciles. Me desahogaba entonces escribiendo cosas. Canciones, poemas, historias cortas... Tonterías mayormente, pero era un desahogo. Y pasó mucho tiempo antes de que llegáramos al acuerdo que para escribir no necesitaba perseguir noticias, pues al fin y al cabo lo que deseaba era crear mis propias historias y para eso sólo necesitaba imaginación.

Escribir me ayudó a descubrir la libertad, porque eso es lo que siente cuando dejo volar mis ideas sobre el papel. Y esa libertad depende solo de mí, y solo a mí me pertenece. Nadie puede arrebatármela. porque nadie puede forzar esas ideas fuera de mi cabeza. Y aún cuando no pudiera ponerlas en papel, seguirían en mi mente vagando. Libres. Y con ellas, yo. Esa idea ha sido mi tabla de salvación cuando las cosas se han puesto realmente salvajes en mi país. Cuando el mundo exterior me sobrepasa, cuando la realidad se vuelve insostenible, cuando intentan decirnos que está mal expresar nuestras ideas, cuando nos niegan el derecho a decidir cosas... Yo escribo. Y a través de mis libros conecto con gente que siente afinidad por mis personajes, que viven situaciones similares, que encuentran ilusión, alegría y esperanza en las páginas que escribo, y esa sensación de cumplir un propósito, de plenitud, tampoco puede robármela nadie. Es parte de mi ejercicio de ser libre, y en última instancia, la razón por la que escribo.

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